OTRO FALSO MITO QUE CAE: LA «PACÍFICA» CONQUISTA MUSULMANA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA. ENREVISTAMOS A YEYO BALBÁS AUTOR DE «ESPADA, HAMBRE Y CAUTIVERIO. LA CONQUISTA ISLÁMICA DE SPANIA».

En el ámbito académico, a partir de los años 70 del pasado siglo, algunos investigadores marxistas fraguaron un sesgo ideológico basado en la confrontación entre el sistema «feudal» visigodo y el tributario-mercantil andalusí, propio de una sociedad urbana con un fuerte aparato estatal, donde la producción agraria se basaba en alquerías de propiedad comunal, lo que habría fraguado una sociedad estrictamente igualitaria. De este modo, Al-Ándalus se convirtió en una utopía marxista, la conquista islámica en un motor del progreso social y cualquier agente que se opusiera a la implantación del régimen tributario-mercantil sería caracterizado como reaccionario

Una entrevista de Federico Romero Díaz para Divulgadores de la Historia

Una de las obligaciones de cualquier historiador que se dedique a divulgar es combatir mitos y falsas creencias sobre nuestro pasado histórico. Es necesario, dentro de lo humanamente posible, difundir una versión lo más exacta posible de los sucesos que conforman nuestra historia, solo así podremos formarnos una opinión correcta sobre ellos y eso es, a mi manera de ver lo que nuestro entrevistado de hoy, el escritor Yeyo Balbás, hace en su nuevo libro: «Espada, hambre y cautiverio. La conquista islámica de Spania» un nuevo acierto de Desperta Ferro Ediciones.

Yeyo Balbás es un veterano en divulgación histórica. Aún recuerdo, hace ya demasiados años, haber acudido a la presentación de algunas de sus novelas junto a otros autores del género histórico.

Es historiador e investigador independiente y autor de las novelas históricas El reino imposible (2019, Ediciones B), también acerca de la conquista musulmana del reino visigodo; Pax Romana y Pan y circo (2011 y 2013, ambas en Roca Editorial), en ellas hace gala de un talento narrativo del que se va a beneficiar el lector de su ultimo libro el ensayo: «Espada, hambre y cautiverio. La conquista islámica de Spania»

Su dominio de nuestra historia le ha llevado a traducir obras como «Vikingos en guerra» o «El ejército romano del Bajo Imperio» , todas publicadas por Desperta Ferro Ediciones. Tiene más facetas como la de asesor histórico en documentales como «778. La Chanson de Roland» (2011), dirigido por Olivier van der Zee, o en películas como «Resucitado» (Risen, 2016), dirigida por Kevin Reynolds y protagonizado por Joseph Fiennes. También se dedica a la recreación, es miembro del Clan del Cuervo, un grupo de recreación histórica centrado en la época tardoantigua y altomedieval.

–El título de tu ensayo lo deja claro. La conquista de Spania no fue un paseo triunfal presidido por la concordia y los acuerdos. Fue una conquista militar que usó la fuerza y el terror para imponerse ¿Por qué entonces está tan extendida esa visión romántica de la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica? ¿Hay algún tipo de interés por difundir esta visión errónea?

Se trata de un fenómeno complejo, cuya explicación requiere bastante desarrollo, ya que en esta visión beatífica confluyen diversas corrientes ideológicas. Desde muy antiguo, en torno a la conquista musulmana de Spania han imperado dos visiones antagónicas. Por un lado, a partir de la Crónica Mozárabe de 754, las fuentes cristianas la consideraron «la ruina de Spania», que supuso la creación de un «reino bárbaro». Las crónicas cristianas medievales harán un especial énfasis en las acciones violentas de los conquistadores, al tiempo que soslayan los pactos de éstos con las élites locales.

Aunque las fuentes árabes del siglo IX plasman una visión épico-legendaria en la que se ensalzan las victorias islámicas, así como la riqueza del botín de guerra y el enorme número de cautivos, en la historiografía musulmana, a los relatos de conquista se les denomina futūh (plural de fath), un término derivado de la raíz árabe «abrir». Con el paso del tiempo, estos conquistadores se convirtieron en figuras tan reverenciadas como los santos en el mundo cristiano, al tiempo que las conquistas supondrán el derrocamiento de regímenes ilegítimos y la «apertura» de pueblos enteros a la revelación divina. Esta última visión es la imperante en el mundo islámico moderno. Para el poeta y diplomático sirio Nizār Qabbānī (m. 1998), «todos los conquistadores han sembrado de espadas los lugares por donde pasaban; en cambio, la conquista árabe fue la primera que sembró versos en lugar de espadas». La idea de un ejército de ulemas,  artistas y eruditos iluminando un mundo en penumbra responde, asimismo, a la concepción de la época preislámica, la Ŷāhiliya («la Era de la Ignorancia»), como un periodo de barbarie.

A principios del siglo XIX, se fraguaron las bases del pensamiento progresista español y algunos liberales trataron de buscar una alternativa al «relato nacional» conservador, como expone Jesús Torrecilla en España al revés. Los mitos del pensamiento progresista (1790-1840). Un relato antagónico a la concepción de la Reconquista como proceso de formación nacional, en la que los malos pasan a ser los buenos y a la inversa.

«Esta idealización de una sociedad islámica medieval, como supuesta encarnación de los valores liberales, estaba asociada al oxímoron de la «conquista pacífica». Al igual que, más adelante, sucedió con el «paraíso andalusí» fraguado por el Orientalismo romántico que tanto contribuyó a difundir esta imagen idealizada por todo el mundo occidental.»

A principios del siglo XX, el andalucismo se sumó a esta corriente. En 1936, Blas de Infante resume de este modo la llegada de los bereberes: «Andalucía les llama. Ellos recelan. Vienen: reconocen la tierra y encuentran un pueblo culto atropellado, ansioso de liberación». El paroxismo a esta corriente «negacionista» llegó de la mano de Ignacio Olagüe, miembro de las JONS y funcionario del régimen franquista, quien, en su deseo de presentar al-Ándalus como «el fruto del genio nativo español», desarrolló una teoría de historia-ficción acerca de la inexistencia de una conquista islámica, que hoy conforma los mitos fundacionales del andalucismo. Los nacionalismos tienden a proyectar sobre el pasado unas identidades monolíticas e inalterables y, desde su concepción esencialista de la historia, naciones y etnias son inmutables, no existen disrupciones.

Ya en el ámbito académico, a partir de los años 70 del pasado siglo, algunos investigadores marxistas fraguaron un sesgo ideológico basado en la confrontación entre el sistema «feudal» visigodo y el tributario-mercantil andalusí, propio de una sociedad urbana con un fuerte aparato estatal, donde la producción agraria se basaba en alquerías de propiedad comunal, lo que habría fraguado una sociedad estrictamente igualitaria. De este modo, Al-Ándalus se convirtió en una utopía marxista, la conquista islámica en un motor del progreso social y cualquier agente que se opusiera a la implantación del régimen tributario-mercantil sería caracterizado como reaccionario.

Fruto de todo ello ha sido convertir la conquista islámica de Spania en un «proceso migratorio», a causa de la mala imagen que, entre la izquierda, posee cualquier expansión imperial. A partir del 11-S, a causa de la polarización en torno al «choque de civilizaciones», esta pintoresca idea se ha impuesto en la posmodernidad anglosajona, hegemónica a nivel global.

«La guerra romano-sasánida de 602-628 devastó a las dos grandes potencias de la Tardoantigüedad, y el Islam sirvió como agregador político entre los árabes y permitió a las tribus sacar provecho de esta debilidad.»

— ¿Cuáles fueron las claves del enorme éxito del islam en sus inicios y expansión durante el siglo VI y principios del VII?

La Tardoantigüedad supone un periodo histórico caracterizado por un fuerte retroceso demográfico, causado por un enfriamiento climático entre los años 536-660 conocido como LALIA (Late Antique Little Ice Age), que produjo sequías y hambrunas que, a su vez, facilitaron la difusión de la Peste de Justiniano y sus sucesivos rebrotes, entre 541 y 750. A causa de ello, las estructuras políticas de la época resultaban muy frágiles y cualquier derrota en una gran batalla amenazaba su propia existencia. La superioridad económica, tecnológica y demográfica que habían ostentado el entramado urbano de Oriente próximo y la cuenca mediterránea respecto a los territorios marginales se redujo de forma progresiva desde la crisis del siglo III. La guerra romano-sasánida de 602-628 devastó a las dos grandes potencias de la Tardoantigüedad, y el Islam sirvió como agregador político entre los árabes y permitió a las tribus sacar provecho de esta debilidad.

–La división política y la crisis en la que estaba sumido en el Reino Visigodo de Toledo explica por sí misma el «éxito militar» de los musulmanes o hay otros factores a tener en cuenta en la rápida ocupación de la península ibérica. ¿Qué ventajas presentaba el ejército musulmán frente al visigodo?

En la Tardoantigüedad, una gran derrota militar podía suponer la desaparición de todo un reino. El Reino visigodo de Tolosa dejó de existir tras el desastre ante los francos en Vouillé (507), a Justiniano le bastaron dos años para acabar con el reino vándalo (533-534), Egipto cayó en manos de los árabes en tres años y, en general, entre 633 y 644 el califato conquistó todos los territorios comprendidos entre los actuales Afganistán y Túnez. El hecho de que la conquista del reino visigodo se prolongase durante una década no supone ninguna anomalía.

El conflicto sucesorio surgido tras la prematura muerte de Witiza sin duda fue el factor más determinante, tanto por el hecho de que Tāriq invadiera un reino sumido en una guerra civil como por la deserción de los witizanos en la batalla de la Janda. Más allá de esto, el Califato omeya contaba con un ejército profesional, muy influenciado por las doctrinas bizantinas y sasánidas, dotado de un aparato administrativo y logístico muy desarrollado, que además no había dejado de combatir con éxito durante ocho décadas. Algo que contrastaba con unas tropas hispanogodas que, desde la rebelión de Paulo en 673, apenas habían librado una guerra digna de tal nombre. Hacia el año 711, en el reino visigodo apenas habría hombres que hubiesen participado en una guerra, y nadie lo había hecho en una gran batalla a campo abierto.

— Otra cuestión relacionada con la anterior ¿Aún estando férreamente unido hubiera sido capaz el Reino visigodo de Toledo a medio y largo plazo, de impedir el avance del ejército musulmán que en la segunda mitad del siglo anterior había ocupado ya todo el norte de África?

Entrar en la especulación histórica siempre supone adentrarse en un terreno muy resbaladizo. Los tratados militares de la época, desde el Epitoma de Vegecio al Strategikon, desaconsejan librar batallas a campo abierto porque el azar siempre supone un factor decisivo y eso implica jugarse el destino de un amplio territorio a una sola carta. Al mismo tiempo, las victorias servían de catalizador a nuevas campañas militares, mientras que las derrotas producían un efecto moral desalentador, más importante aún que las pérdidas humanas y materiales. En caso de que Rodrigo hubiera salido victorioso en la Janda, cabe la posibilidad de que, en efecto, el reino visigodo hubiese sobrevivido. Le hubiera bastado con resistir tres décadas, ya que, durante el reinado de Hishām ibn ‘Abd al-Malik (724-743), el califato omeya sufrió una treintena de derrotas militares que acarrearon un colapso en la inicial expansión islámica. A esto se sumó la tercera fitna, la revolución abasí y el derrocamiento de la dinastía omeya en la década de 750. La gran rebelión bereber de 740 supuso que el Magreb se fragmentara en pequeños emiratos e imanatos y que los abasíes no controlaran el territorio situado más allá del actual Túnez, por lo que habría servido como zona buffer entre el reino visigodo y el califato de Bagdad.

— ¿Con qué fuentes fiables cuenta el historiador para tratar de arrojar luz sobre el primer momento de la presencia musulmana en Spania?

Con ninguna. Todas las fuentes textuales de esta época son breves, tendenciosas, fragmentadas y/o parciales. La Crónica Mozárabe de 754 constituye, sin duda, la fuente más próxima a los hechos, el autor sólo narra sucesos que conoce bien o reproduce otras crónicas, pero esta obra no está exenta de subjetividades y, por desgracia, muchas veces resulta desesperantemente lacónica. Por su parte, el registro arqueológico y la numismática nos aportan una realidad física que, no obstante, cuenta con sus propios sesgos y siempre resulta interpretable.

–¿Hay constancia arqueológica o testimonial de expolio de las riquezas de Spania por los nuevos conquistadores y de su traslado a Damasco? ¿Qué pasó con el tesoro del Reino visigodo de Toledo?

Según la legislación islámica, el botín de guerra se repartía entre los conquistadores salvo una quinta parte (jums) reservada a la comunidad islámica, lo cual significaba que la gestionaba el califa. Contamos con unos 160 sellos de plomo con los que sellaron las sacas del botín y la tributación de las ciudades sometidas, cuyo número evidencia la magnitud del saqueo. Ocultamientos como el tesoro de Guarrazar o el de Torredonjimeno reflejan el temor de la población hispanogoda hacia el contenido de sus iglesias. Los dinares transicionales, acuñados durante la conquista, sin duda se realizaron con el oro del botín de guerra y no se volvió a acuñar oro en la península hasta que Abderramán III se proclamó califa en 929. No obstante, las mayores evidencias de la importancia del botín de guerra hispano se hallan en las fuentes textuales. Según la Crónica Mozárabe, la multa que Mūsà habría tenido que satisfacer por apropiarse del quinto reservado a la comunidad islámica, dos millones de sueldos, lo cual supondría que el total ascendía a diez millones. En época de Justiniano I, el estado bizantino contaba con unos ingresos fiscales anuales de cinco millones de sueldos para una población de unos veinte millones de almas. Dos millones de sueldos suponen unas nueve toneladas de oro; el doble de lo extraído en Las Médulas durante casi dos siglos.

— ¿Hasta que punto es correcto que divulgadores e historiadores usemos el término «Reconquista» para referirnos al proceso de avance territorial de los reinos cristianos del norte de la península ibérica sobre los territorios de Al-Andalus?

A nivel académico, hoy se entiende por Reconquista una ideología legimitadora para la expansión de los reinos cristianos sobre al-Ándalus, plenamente conformada en las crónicas asturianas hacia la década de 880. Las campañas militares asturleonesas podían obedecer a motivos económicos y políticos, pero la «restauración» del reino visigodo las englobaba en una causa común que fue ampliamente asumida por la sociedad cristiana peninsular. Con frecuencia se denomina Reconquista a este proceso de expansión militar y a la realidad social que conformó, aunque esto pasa por asumir la perspectiva cristiana que consideraba a los estados musulmanes de la península como «ilegítimos». En realidad, la sociedad andalusí estuvo conformada por una reducida élite arabo-bereber y, en su inmensa mayoría, por hispanogodos arabizados e islamizados, así que la idea de «expulsar a los invasores» está alejada de los procesos históricos reales, a pesar de que, con el paso del tiempo, los andalusíes se creyeran árabes e idearon falsas genealogías para situar sus orígenes en Siria o Arabia.

— ¿En la expansión de ese primer islam, en qué medida se combinaron fervor religioso y afán de botín?

El belicismo del mensaje profético de Mahoma se fue incrementando en función de las necesidades ideológicas del momento, hasta llegar al paroxismo cuando inició las campañas contra el Imperio bizantino, a través de las aleyas 30-129 de la novena azora At-Tawba. En árabe ŷihād significa «esfuerzo en pos de una causa» y, a partir del siglo VIII, los ulemas emplearon este término para referirse a una guerra sacralizada en la defensa y la expansión del Islam.

Los relatos sobre las primeras conquistas islámicas fueron redactados por ulemas y tradicionalistas que motivaciones religiosas a los conquistadores musulmanes, quienes despreciarían los bienes materiales y se muestran siempre dispuestos al sacrificio supremo con tal de extender la palabra de Dios. Una lectura literal ha hecho pensar en una expansión impulsada por fanáticos religiosos, aunque sólo responde a una visión idealizada, disonante con los hechos que los propios relatos describen. Las fuentes árabes tempranas mencionan las reticencias de las tropas árabes a participar en expediciones arriesgadas o poco lucrativas, como le sucedió al propio Mahoma antes de la campaña de Tabuk. Además, destaca la continua necesidad de reforzar el mensaje profético con recomensas materiales en forma de tesoros y hermosas cautivas, ya fuera en esta vida o en el Más Allá.

En general, todas las sociedades construyen ideologías para justificar su orden social y, en el caso de aquellas con una política abiertamente belicista, dicha legitimación suele identificar su expansión militar con un proceso civilizador o evangelizador. El Islam surgió como religión, conjunto de leyes y proyecto político, lo cual permitió aglutinar a las cabilas árabes bajo una jefatura, después un estado y más tarde un imperio. Ése es el importante papel que, a mi juicio, desempeñó la religión en las primitivas conquistas árabes, y no el inculcar un fervor bélico.

— Otra cuestión controvertida: Don Julián, ¿gobernador bizantino de Ceuta o conde visigodo?

Existen evidencias que sugieren un pacto, o al menos acercamiento, entre el imperio bizantino y el reino visigodo en época del  emperador Constantino IV y el rey Wamba. Tras la conquista árabe de Cartago en 698, es probable que Ceuta pasara a hallarse bajo la autoridad de la monarquía visigoda. Diversos hallazgos arqueológicos, como tremises visigodos y hebillas con placa de tipo liriforme, sugieren que este enclave portuario cuando menos se hallaba en la órbita hispana. El conde de Ceuta habría sido un bizantino que pactó primero con los visigodos y después con los árabes para preservar su autoridad. La Crónica Mozárabe asegura que Mūsà contaba con un consejero llamado Urbanus «de una región africana, educado en la doctrina católica», que se ha identificado con el Yulyān de las fuentes árabes, aunque la supuesta violación a su hija por parte de Rodrigo resulta imposible, ya que el conde ceutí se sometió a los musulmanes el año 709 y el último rey godo fue coronado en el invierno de 710 y 711.

Las fuerzas romano-orientales del comes don Julián y los musulmanes de Musa en costa africana de Ceuta( Ilustración creada para HRA por @históricamentecorrecto)

— Vamos a hablar de batallas ¿Batalla de Guadalete o Batalla de la Janda? ¿La derrota visigoda en ese enfrentamiento dejó realmente indefenso el territorio peninsular frente a los musulmanes?

La Crónica Mozárabe sitúa la batalla en las montañas Transductinas, el conjunto de sierras que rodean la bahía de Algeciras por el norte y noroeste. Las fuentes árabes ubican el enfrentamiento en la cora de Medina Sidonia y en las proximidades de un lago (al-buhayra), o en Wādī lakko, «el río del lago». Todo ello apunta hacia la laguna de la Janda. Esta ubicación viene siendo defendida por diversos investigadores desde el siglo XIX, aunque Rodrigo Jiménez de Rada menciona el lugar como Vedelac, lo cual, a su vez, fue interpretado como Guadalete por otros autores y fue defendido por Claudio Sánchez-Albornoz, cuyo prestigio académico acabó oficializando «batalla de Guadalete». Recientemente, José Soto Chica, Eduardo Kavanagh y Francisco Jiménez han propuesto que Táriq acampase junto al cerro de la Torrejosa, una estratégica cumbre próxima a Facinas. En mi opinión, de momento parece la hipótesis más probable.

Derrota visigoda en la Batalla de Guadalete( en la actualidad se considera mejor Batalla de la Laguna de la Janda)

Tenemos constancia de que Táriq libró otra batalla a campo abierto poco después, en las inmediaciones de Écija, frente a los desertores o supervivientes de la Janda; hubo otros enfrentamientos de entidad, como en Mérida, pero el reino visigodo había concentrado todos sus recursos militares en el extremo sur de la península y, a partir de entonces, le resultó imposible reunir cualquier fuerza de entidad para enfrentarse a los invasores.

–¿Cuál fue la importancia real del enfrentamiento en Covadonga?

Hubo un enfrentamiento armado en torno al monte Auseva que hizo que el sector central de la Cornisa cantábrica dejara de estar bajo dominio musulmán, al tiempo que reforzó la jefatura de Pelayo. Esto supuso el germen del reino asturiano, aunque, para la consolidación de este núcleo de resistencia y esta entidad política, resultó más decisiva la sucesión de conflictos internos y externos en el que se vio sumido el califato, iniciado con el fracasado asedio a Constantinopla de 717-718 y seguido de una treintena de catástrofes militares durante el reinado de Hishām ibn ‘Abd al-Malik (724-743). Los conflictos internos que desembocaron en la gran rebelión bereber de 740, la tercera fitna, la revolución abasí y el derrocamiento de la dinastía omeya. Esta revuelta bereber mermó las guarniciones musulmanas en el valle del Duero, y después se desataron una serie de conflictos entre bereberes, baladíes y sirios de al-Ándalus, por lo que las campañas islámicas en el norte peninsular no se reiniciaron hasta la década de 780 por Abderramán I. Todo ello resultó esencial para la consolidación de los núcleos de resistencia cristianos, junto al hecho de que, a partir de entonces, el emirato independiente desarrolló una política de ocupación militar menos ambiciosa que el califato de Damasco.

Don Pelayo en la batalla de Covadonga. Se trata de una de las copias que transmite versión del Corpus pelagianum del obispo Pelayo a partir de un prototipo (incluso en las miniaturas) probablemente elaborado en el scriptorium del obispo Pelayo de Oviedo
 Don Pelayo en la batalla de Covadonga. Se trata de una de las copias que transmite versión del Corpus pelagianum del obispo Pelayo a partir de un prototipo (incluso en las miniaturas) probablemente elaborado en el scriptorium del obispo Pelayo de Oviedo

–¿Qué cambios en la visión de finales del siglo VI y principios del VII del espacio ibérico están aportando los recientes estudios de la arqueología?

Los avances arqueológicos de las dos últimas décadas han constatado que la mayoría de grandes villae tardorromanas no sobrevivieron más allá del siglo V y, sobre las ruinas de las residencias palaciegas, surgieron pequeñas aldeas. A lo largo del siglo VII se produjo una eclosión de granjas y aldeas que acabaron dominando gran parte de la geografía hispana, donde los latifundios y los grandes centros de poder de la aristocracia laica y eclesiástica suponían «manchas de leopardo». Esto ha refutado la concepción de una sociedad hispanogoda monolíticamente dividida en una aristocracia fundiaria y un campesinado de siervos. Existió una nebulosa de granjas y aldeas de campesinos libres que desaparece hacia las primeras décadas del siglo VIII, a causa de la conquista islámica. A partir de este «giro arqueológico», Chris Wickham y otros investigadores hoy consideran que los problemas estructurales del reino visigodo a principios del siglo VIII resultaban comunes a todo el mundo post-romano de la cuenca mediterránea. De hecho, se trataría de la estructura política más sólida de toda Europa occidental, más similar, en muchos aspectos, al Imperio bizantino que a cualquier reino germánico. Esta tesis es también defendida por historiadores como José Soto Chica o Javier Arce.

Yeyo, muchas gracias por dedicarnos un poco de tu tiempo para contestar a algunas preguntas sobre tu nueva obra. Creo que después de leerla nos podemos hacer una idea más exacta de como era la realidad a la llegada de los ejércitos musulmanes a Spania y como fue el encuentro entre ambos mundos. Mucho éxito en tus próximos proyectos.

Si quieres comenzar a leerla o comprar un ejemplar pincha en la imagen del libro

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