Conversamos con el autor de “La Marina Ilustrada. Sueño y ambición de la España del siglo XVIII”

Una entrevista de Federico Romero Díaz para Divulgadores de la Historia.

“Recuerda español, que para ti es el Imperio del mar”. Con esta inscripción del frontispicio de la puerta del Mar, del arsenal de La Carraca (Cádiz, 1792), mandada edificar por el rey Carlos IV comenzamos la charla con uno de nuestros miembros más ilustres: David Casado Rabanal. Y digo “ilustre” porque además de ser una persona muy versada en historia es el autor de “La Marina Ilustrada. Sueño y ambición de la España del siglo XVIII” . El libro se ha convertido en una obra de referencia para todo aquel que pretenda profundizar en la historia de un siglo XVIII o Siglo de las Luces clave en nuestro desarrollo posterior. Esta edición revisada y ampliada figura dentro de la bibliografía recomendada por numerosas instituciones y universidades de todo el mundo para conocer o abordar con el máximo rigor el estudio de esta centuria en España. En sus páginas se pone de manifiesto que:

«España fundó la primera navegación global de la historia, dibujó continentes desconocidos e inventó las máquinas maravillosas que hicieron posible aquella primera globalización. Es un alarde, lo más importante que hicimos en nuestra historia, pero no hemos sido capaces ni de investigar seriamente un solo galeón todavía.

Los grandes marinos del siglo XVIII eran geógrafos, astrónomos, matemáticos, naturalistas, ingenieros y científicos, capaces de innovar y arriesgarse en travesías que los llevaron a los confines del mundo. Con un sentido del deber y amor por su patria envidiables, fueron la mejor España en ambas orillas del Atlántico y en ellos deberíamos hoy mirarnos».

David Casado Rabanal (Madrid, 1954) es periodista y divulgador histórico. Es miembro de la Asociación de la Prensa de Madrid, la Sociedad Geográfica Española, la Asociación de Escritores Extremeños, la Asamblea Amistosa Literaria de Novelda y de Divulgadores de la Historia. En su haber cuenta con otros dos títulos: “Resistencias numantinas. Los antecedentes más indómitos del pueblo español”, y “Vísperas de sangre y otros relatos sombríos”.

El escritor David Casado Rabanal

¿Por qué un divulgador histórico se plantea afrontar la “titánica” tarea de escribir un ensayo sobre el XVIII español? ¿Por qué este siglo y no otro?

Desde que estudio la historia de España, mi interés por la época de la Ilustración tiene mucho que ver con la herencia cultural recibida en casa, que fue anticlerical y republicana, tal y como se corresponde con un hijo de padres republicanos, perdedores de una guerra civil que ganaron los curas y perdieron los maestros. Se trata además de un tiempo extraordinario, en el que la Enciclopedia se leía más que la Biblia. Fue también el siglo que puso en cuestión el sentimiento religioso e intentó elevar “la Razón” a la deidad suprema, en contra de las creencias que, hasta entonces, habían explicado el universo. Fue la centuria en la que ciencia y religión empezaron a distanciarse. La supuesta verdad revelada en contra del conocimiento empírico. Eso, durante el franquismo, tan dependiente y arropado por la Iglesia, no gustaba.

Pero la verdad fue que el Imperio español creció y avanzó en todos los ámbitos, a pesar de los continuos ataques de las dos potencias que entonces se disputaban la hegemonía mundial: Francia y Gran Bretaña. Sin embargo, la España del XVIII todavía tiene mala prensa, tanto por la llegada al poder de la nueva dinastía borbónica, como por el recrudecimiento de la leyenda negra en contra nuestra ─que tanto propagan los filósofos franceses─, sumada al derrumbe final del Antiguo Régimen, con el corolario de la ocupación francesa y la pérdida de nuestra soberanía en América.

No obstante, como lamento mucho el que hayamos obviado las luces de esta centuria para centrarnos solo en las sombras, estimé necesario el profundizar y exponer los logros de un siglo que para mí resulta sobresaliente, pese a lo poco conocido que resulta del gran público. El resultado final es un análisis histórico de más de 800 páginas ─la mitad de ellas, inéditas y añadidas a la edición anterior─ vertebrado a través de la Marina de guerra, pero que también trata de explicar el desarrollo económico, científico y demográfico, la política exterior y de defensa, tanto como la evolución del Imperio español y el papel que jugaron en todo ello los nuevos monarcas y sus élites ilustradas.

Aunque en tu ensayo se tratan extensamente todos los aspectos económicos, científicos, políticos y militares del Siglo de las Luces, la obra gira en torno a la marina española. ¿Por qué para hablar de ella es necesario tratar previamente temas tan diferentes como el desarrollo técnico, la explotación de nuestros bosques, la situación política y económica de la Corona española, los acuerdos internacionales con otras potencias, etc?

A diferencia de la dinastía austriaca, que basó su poder militar en la aplastante superioridad de los Tercios, los Borbones, que ya han perdido el Imperio europeo por el Tratado de Utrecht, basarán su poder militar en la Marina de guerra. Se trata de una Marina de Nueva Planta, que reunirá todas las flotas dispersas en la llamada Real Armada y muy pronto dejará de lado los viejos galeones para nutrirse de los nuevos navíos, que van a construirse con planos precisos y de acuerdo con las leyes de la física y la hidrodinámica que desarrollan los sabios e ingenieros ilustrados.

Esa Real Armada será la que conecte todo su vasto imperio ultramarino y haga posible el puente marítimo con América, favoreciendo el auge del comercio atlántico en el que se va a sustentar la economía de la metrópoli. Una riqueza que ya no se nutre tanto de los metales preciosos como de los nuevos productos americanos, ya sea el cacao, el azúcar, o la cochinilla del carmín. Por eso la Corona española pondrá toda su atención en el desarrollo técnico y fabril de los navíos, la mejora y explotación de los bosques que suministran la madera para construirlos, y los acuerdos comerciales con otras potencias, así como el espionaje industrial de los enemigos. 

Tras el fin de la Guerra de Sucesión española y la firma del tratado de Utrecht en 1713, la marina española parte de una situación pésima. ¿Cuáles son las claves que explican su espectacular desarrollo?

Tras la Guerra de Sucesión a la Corona española, la nueva dinastía borbónica tomó conciencia de la debilidad de la nación en su proyección marítima. Esta falta de poder naval fue la que permitió las agresiones austracistas y la pérdida de dos enclaves metropolitanos tan significativos como el peñón de Gibraltar y la isla de Menorca, que pasaron a la soberanía británica. Muy pronto, ministros franceses como Jean-Baptiste Orry, y los primeros políticos ilustrados como Rafael de Macanaz o los hermanos Patiño, se dieron cuenta de la indefensión en la que se hallaba España como consecuencia del abandono de los arsenales navales y nuestras industrias de guerra, que tantas y tan graves consecuencias habían tenido en el adverso desarrollo de la guerra. Apenas compensadas por el apoyo francés de Luis XIV a su nieto Felipe V, para que este pudiera asentarse, definitivamente, en el trono español.

A partir de esta toma de conciencia, los grandes ministros ilustrados que se van sucediendo a lo largo del tiempo: Patiño, Ensenada, Aranda, Floridablanca…, jamás perderán de vista el logro de una marina mercante y de guerra capaz de salvaguardar las rutas marítimas y garantizar nuestra presencia y soberanía en América y el océano Pacífico. Precisamente será José Patiño quien advierta al monarca: «Dos cosas han siempre con el mayor empeño procurado las naciones émulas de España: la una que no haya Armada Naval ni maniobras para que no haya comercio y, por consiguiente, no tenga Vuestra Majestad ni dinero ni fuerzas…»

Y con el objetivo de conseguir estos logros, Patiño también emprende una verdadera revolución científica impulsada por la Corona, creando en Cádiz la nueva Academia de Guardiamarinas (1717), en donde se explicará la física de Newton y el cálculo infinitesimal de Leibnitz. Como las universidades españolas seguían anquilosadas en la tradición escolástica y obviaban estos avances, al igual que todas las ciencias experimentales, resultó preciso crear todas las academias militares y observatorios astronómicos fuera del ámbito universitario. En todos esos centros se hizo un gran esfuerzo para poner a España al nivel europeo, contratando profesores extranjeros y enseñando los avances que eran necesarios para la defensa del Imperio, pero que también hicieron crecer y desarrollarse otras ciencias como la química, mineralogía, botánica y zoología, cartografía, medicina y cirugía, etcétera.  

El Santísima Trinidad

La relación con la marina francesa fue un poco contradictoria durante el XVIII. ¿En qué puntos ayudaron al desarrollo de la española y en qué aspectos nos perjudicaron?

Como consecuencia de la política exterior del cardenal Alberoni, empeñado en la conquista de los reinos italianos para dar satisfacción a la reina Isabel de Farnesio, la segunda esposa de Felipe V, y la derrota de la escuadra española del almirante Gaztañeta en la batalla del Cabo Passaro (11 de agosto de 1718), a manos de los británicos, los estrategas españoles toman conciencia de la imposibilidad de enfrentarse en solitario al poder naval del Reino Unido, que reforzado por su triunfo en la Guerra de Sucesión y la ocupación de numerosos enclaves marítimos, ya ejerce su tiranía en los mares. De ahí que se busque la alianza con la Royale Marine, para que sumadas las dos armadas borbónicas: española y francesa, se pueda equilibrar la preponderancia que nuestros enemigos ejercen en el Mediterráneo y el Atlántico.

Zenón de Somodevilla, el famoso marqués de la Ensenada, será el ministro que fije por escrito esta política de alianzas en términos tan juiciosos como los que se desprenden de uno de sus escritos, fechado en Aranjuez (18 de junio de 1747) y remitido a Fernando VI, señalando: «No hay potencia en el mundo que necesite más las fuerzas marítimas que la España, pues es península y tiene que guardar los vastísimos dominios de América, que le pertenecen. Y mientras la España no tenga una Marina competente, mercante y de guerra, no será considerada de Francia e Inglaterra, sus émulos más inmediatos. Yo no diré que pueda V.M. en pocos años tener una Marina que compita con la de Inglaterra, porque aunque hubiera caudales para hacerla, no hay gente para tripularla; pero sí que es fácil tener V.M. el número de bajeles que basta para que, unidos con los de Francia, se prive a los ingleses del dominio que tienen adquirido sobre el mar.»

Y en efecto, la colaboración entre las dos marinas borbónicas cosechará triunfos tan destacados como la independencia de las Trece Colonias de Norteamérica. La cruz de la moneda tendrá lugar mucho más adelante, cuando las ambiciones napoleónicas nos lleven al enfrentamiento continuo con los británicos y el desastre en el combate de Trafalgar.

Escena de la Batalla de Trafalgar.

¿Cuáles fueron las causas y las consecuencias de la casi continua pugna naval de la Corona española con Inglaterra?

Inglaterra siempre ambicionó nuestras posesiones americanas y las riquezas que producía el comercio ultramarino, y ya fuera en tiempos de paz como de guerra, extorsionó permanentemente a España con la piratería y el contrabando, cuando no con los abiertos enfrentamientos bélicos con las flotas de la Royal Navy, tal y como sucedió en Cartagena de Indias. Después de sus triunfos en la Guerra de Sucesión, se dedicó a incumplir las cláusulas comerciales firmadas en Utrecht, negándose a las inspecciones de nuestros guardacostas y practicando la trata esclavista y el contrabando de sus productos manufacturados a gran escala por todo el Caribe. Y ello a pesar de las clausulas restrictivas del llamado “Navío de permiso”, que solo le autorizaba a enviar un buque mercante anual para comerciar en plazas como la de Portobelo, con ocasión de su afamada feria en la que se reunían cientos de comerciantes y buques hispanos en el istmo de Panamá.

Las consecuencias de estas agresiones continuas fueron las de identificar a los británicos como nuestros peores y sempiternos enemigos, impidiendo el logro de una política exterior de paz y neutralidad duraderas que nos alejase del abierto enfrentamiento entre Francia y Gran Bretaña que tuvo lugar a todo lo largo del siglo ilustrado, tanto en América como en Europa, con las funestas consecuencias que todos conocemos.

El siglo XVIII está plagado de grandes marinos al servicio del rey español que se merecen un puesto destacado en nuestra memoria. ¿Cuál es el que más te ha sorprendido?

No puedo elegir a uno solo. Tuvimos la fortuna de contar con grandes almirantes como José Antonio de Gaztañeta, ingeniero e impulsor de Guarnizo; Blas de Lezo, el mejor estratega del siglo y el único almirante que jamás perdió una batalla; Juan José Navarro, el marqués de la Victoria; Luís de Córdova, artífice de la captura de la mayor flota británica de todos los tiempos; Antonio Barceló, impulsor de la flota de jabeques con la que mantuvo a raya la piratería en el Mediterráneo; José Solano, quien con su flota facilitó la independencia de las Trece Colonias; José de Mazarredo, defensor de Cádiz frente a ingleses y franceses; Domingo de Grandallana, comandante del arsenal de El Ferrol, y por supuesto, Federico de Gravina y Nápoli, Ignacio María de Álava, o Antonio de Escaño, héroes de Trafalgar; más los brigadieres Cosme Damián Churruca y Dionisio Alcalá-Galiano, quienes además de militares fueron grandes matemáticos (Churruca) y astrónomos (Alcalá-Galiano), figurando como los mejores ejemplos de marinos ilustrados y hombres de honor. Sin olvidarnos de Jorge Juan y Santacilia y su amigo Antonio de Ulloa, verdaderos impulsores de nuestra Marina y científicos ilustrados de primer nivel; Alejandro Malaspina y José de Bustamante y Guerra, artífices de la mejor y más completa expedición naval, científica y exploratoria de esa centuria; Luis Vicente de Velasco e Isla, comandante y defensor hasta su muerte del Castillo del Morro, en la Habana, durante la ocupación inglesa de 1762; o el bravo y humilde infante de marina Martín Álvarez Galán, quien protegiera con su vida la bandera española izada en su navío San Nicolás, durante la batalla del Cabo de San Vicente (14 de febrero de  1797), y a quien Nelson perdonó la vida; un combate en donde también se distinguió por su valentía el brigadier Cayetano Valdés.

La verdad es que son tantos y tan buenos marinos que “fueron la mejor España en ambas orillas del Atlántico”, tal y como expreso en el texto de la contraportada del libro y en ellos deberíamos hoy mirarnos.

Muerte de Cosme Damián Churruca en Trafalgar.

¿Fué Trafalgar el punto que marca el principio del fin de nuestra marina ilustrada o las causas se remontan a años anteriores?

Pese a la propaganda británica, la batalla de Trafalgar no resultó tan decisiva como ellos pretenden hacernos creer, y más bien terminó en tablas por más que Londres ocultara siempre sus verdaderas pérdidas. Cierto que se evitó la pretendida invasión de Inglaterra prevista por Napoleón Bonaparte; pero apenas unas semanas después del 21 de octubre de 1805, el 2 de diciembre, el Emperador obtenía su aplastante triunfo en Austerlitz, por lo que el enfrentamiento con la Francia napoleónica siguió vigente hasta la definitiva derrota de este en Waterloo (18 de junio de 1815). En Trafalgar, además de algunas unidades capturadas o hundidas por el temporal que la siguió, la marina española sí que perdió a un extraordinario plantel de jefes y oficiales muy preparados y competentes en materias científicas que, de ningún modo, debieron ser expuestos al azar incierto de una batalla. Aunque ninguno de ellos hubiera renunciado nunca a su deber de militares en la defensa de su honor y su nación, lo mismo que de los hombres bajo su mando. Lo que verdaderamente resultó demoledor para nuestra Real Armada, fue el abandono de los arsenales y la falta de medios que precipitó la invasión napoleónica de España. Esta falta de recursos ya se arrastraba desde finales del reinado de Carlos IV, con una Hacienda Real quebrada por la ruina del comercio americano como consecuencia de la política bélica en la que se vio envuelta la Corona española.  

En tu ensayo descubrimos a personajes como Ensenada o Patiño, que desde sus cargos hicieron todo lo posible por potenciar y desarrollar nuestra flota. ¿Fue Godoy, el privado de Carlos IV, el responsable de su abandono?

Como ya he señalado, a finales del reinado de Carlos IV los recursos de la Real Hacienda se vieron muy mermados a consecuencia de las guerras europeas por el predominio colonial. Por entonces la economía española, que tanto dependía del comercio ultramarino, se vio acosada por la permanente situación bélica que conllevó el triunfo de la Revolución Francesa. Esa época fue de grandes penurias para el Reino, el Ejército y la Marina, al tiempo que la Real Armada ya se había convertido en el primer instrumento de la política internacional y de defensa de Manuel Godoy. De ahí la paradoja de que cuanto mayor fue la importancia y el número de unidades de la escuadra, menos se emplearon por el miedo a perderlas como herramienta de amenaza y disuasión. Godoy no fue, además, un personaje de una sola faceta y como valido de Carlos IV gozó de un enorme poder personal, aunque su función suponga una anacronía para los tiempos en los que le toco vivir. Algunos historiadores le han definido por ello como el primer dictador de la historia moderna de España. Y en parte tienen razón porque ejerció su poder sin apenas oposición. Pero no había mucho donde elegir y la pareja real no tuvo más recurso que dotarle de grandes poderes porque no había una clase política capaz de surtir al país de hombres de estado de calidad. Pero también es cierto que con su política de alianzas nos convirtió en un satélite de la Francia napoleónica, tan diferente a los valores que sustentaban el Antiguo Régimen. No es cierto, por lo tanto, que escatimara recursos a la Real Armada por miopía, los escatimó por la sencilla razón de que no los había para sufragar las muchas necesidades del país. Tal y como demuestra la enorme devaluación que sufrieron los vales reales ─aquellos primeros billetes─ emitidos por el Banco de San Carlos y nuestras divisas en general.

Los marinos españoles del XVIII destacaron por su interés por la botánica, la astronomía, la metalurgia, las matemáticas. ¿Cuáles fueron las expediciones científicas patrocinadas por la Corona española más importantes?

Política, ciencia y poder naval serán los más poderosos aliados para impulsar las grandes empresas marítimas que se abordan durante el siglo ilustrado. Al interés por el conocimiento científico que ha despertado la Ilustración, se suma en España la necesidad de mantener una defensa eficaz de los dominios ultramarinos, apoyada por nuevas instituciones experimentales y el recurso de los viajes de exploración científica que va a patrocinar la Corona. De ahí que en la Real Armadavan a coincidir tanto el entusiasmo investigador de las minorías cultas, como la actitud emprendedora, optimista y reformista de los gobernantes que impulsan cada una de estas empresas, incluyendo la mejor época de Carlos IV. Semejante compenetración entre políticos, científicos y militares, resulta demostrativa del alto grado de madurez que alcanza la sociedad española y sus élites, empeñadas en convertir a España en un país homologable con su entorno europeo, consiguiendo unos avances espectaculares para su tiempo. Solo el obstáculo insalvable de la Guerra de la Independencia y los sucesos posteriores que marcaron el primer tercio del siglo XIX, malograron toda aquella ilusionada oportunidad de incorporarnos a tiempo a la Europa más desarrollada.

Mapa de la expedición Balmis.

En total, y partiendo de la incorporación de Jorge Juan y Antonio de Ulloa a la expedición francesa al Ecuador de La Condamina, para medir la longitud del meridiano terrestre, la Corona española promovió una veintena de grandes expediciones, entre las que sobresalen  la de José Celestino Mutis por el Reino de Nueva Granada (Colombia); la famosa expedición de Alejandro Malaspina y José de Bustamante dando la vuelta al mundo a bordo de las corbetas Descubierta y Atrevida, y por supuesto, la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, a cargo del médico de la Corte Francisco Xavier de Balmis. La memoria de este último se ha recuperado y dado a conocer al gran público, incluida alguna serie de televisión y el nuevo hospital dedicado a la Enfermera Zendal, en Madrid, en recuerdo de la directora del hospicio coruñés que acompañó a Balmis en la empresa y estuvo a cargo de los niños que transportaron en su sangre la vacuna. 

¿Qué papel jugó el tráfico de esclavos en el desarrollo comercial y en las guerras entre las potencias marítimas del siglo XVIII?

Resultó fundamental. Recordemos que la llamada “Guerra de la oreja de Jenkins” por los británicos, dentro de la cual acontece el asalto del almirante Vernon a Cartagena de Indias (1741), defendida por Blas de Lezo, fue en realidad “La Guerra del Asiento”. Puesto que así se llamaba el Asiento de negros ─el comercio esclavista─ que España trataba de recuperar por haber tenido que cederlo a los británicos en el Tratado de Utrecht.

Precisamente, fueron los historiadores y economistas británicos del siglo XIX los que explicaron que gracias a la trata esclavista y la apropiación del oro portugués de las minas brasileñas de Ouro Preto (Oro Negro), los comerciantes de la City londinense  acumularon los capitales necesarios para desencadenar la primera revolución industrial, basada en la aplicación de la máquina de vapor a los telares y el ferrocarril.

Este comercio indigno y repugnante de los europeos, esclavizando a los negros durante tres siglos para sus minas y plantaciones en América, diezmó la demografía del continente africano y cambió para siempre la de los países americanos, escribiendo algunas de las páginas más terribles de la historia.

Esclavos africanos transportados en pésimas condiciones para su venta en América.

¿La ruina del poder naval español favoreció la independencia de los virreinatos americanos?

Sin duda, las secesiones de la Monarquía española que llevaron a cabo los criollos y más adelante los novohispanos, ocasionando verdaderas guerras civiles entre los realistas y los republicanos, hubieran sido más difíciles de ganar por los insurrectos sino se hubieran aprovechado de dos circunstancias simultáneas en el tiempo: la ocupación francesa de la Metrópoli y la ruina de la Real Armada, que impidió el traslado de suficientes tropas para ahogar las primeras revueltas y pronunciamientos contra la Corona. 

David, muchas gracias por tu tiempo y por haber escrito esta obra que es un imprescindible en la biblioteca de cualquiera que quiera saber más sobre el siglo XVIII en general y sobre el Siglo de las Luces en España. Os dejamos un enlace de compra donde podréis haceros con La Marina Ilustrada. Sueño y ambición de la España del XVIII.

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